El aumento de las interacciones digitales también multiplica los riesgos a los que se enfrentan las empresas.
A medida que se digitalizan los intercambios, las transacciones y los recorridos de los clientes, los intentos de fraude evolucionan y pueden aprovechar tanto fallos técnicos como vulnerabilidades humanas.
Phishing, suplantación de identidad o incluso falsificación de documentos: los métodos se diversifican e incluso se vuelven más complejos, lo que pone directamente en tela de juicio la capacidad de las empresas para proteger sus transacciones digitales sin complicar los recorridos ni de sus clientes ni de sus equipos.
Esta evolución también se desprende de las respuestas de los 700 responsables de la toma de decisiones encuestados en Francia, Alemania, Italia y España en el marco del Barómetro Europeo de la Confianza Digital 2026, realizado en colaboración con el gabinete de estudios Xerfi. Si bien la percepción de la amenaza varía según los mercados, la lucha contra el fraude se impone como un componente esencial de la confianza digital.
Ante unos riesgos que evolucionan al ritmo de los hábitos de uso, el reto ya no consiste únicamente en detectar los intentos de fraude cuando se producen. Se trata también de diseñar procesos capaces de prevenirlos mejor, al tiempo que se preserva la fluidez de las interacciones digitales.
El fraude digital, una presión creciente para las empresas
El aumento del fraude digital no se percibe con la misma intensidad en toda Europa. Si bien la amenaza afecta a todos los mercados estudiados, las empresas describen realidades muy diferentes según el país.
En Italia, el 72 % de los responsables de la toma de decisiones afirma haber observado un aumento de los intentos de fraude en los últimos doce meses. Esta proporción alcanza el 64 % en Francia y el 59 % en España, frente al 36 % en Alemania.
Estas diferencias no significan necesariamente que algunas empresas estén más expuestas que otras. También pueden reflejar diferencias en la naturaleza de los ataques sufridos, su frecuencia, su detección o incluso la capacidad de las organizaciones para identificarlos.
No obstante, una cosa es segura: el fraude acompaña a la evolución de los usos digitales. Cuanto más se diversifican las interacciones, más se multiplican los puntos de contacto susceptibles de ser aprovechados. La amenaza ya no afecta únicamente a los sistemas informáticos, sino a todo el recorrido y a las transacciones digitales.
Comprender esta evolución supone, por tanto, prestar atención a las técnicas utilizadas por los estafadores, que buscan tanto eludir los dispositivos de seguridad como aprovecharse de la confianza de los usuarios.
Técnicas de fraude que se dirigen tanto a las personas como a los procesos
Los intentos de fraude no se basan únicamente en el aprovechamiento de una vulnerabilidad técnica. También buscan sacar partido de los comportamientos humanos y de las diferentes etapas que componen un recorrido digital.
El phishing y la suplantación de identidad ilustran especialmente esta evolución. En estas situaciones, el objetivo suele ser hacerse pasar por una persona u organización legítima para obtener información, provocar una acción o acceder a un servicio. De este modo, el fraude puede producirse mucho antes de que se realice una transacción.
Los procesos digitales también constituyen posibles puntos de entrada. La creación de una cuenta, la autenticación, la validación de un documento, la firma o una transacción: cada paso puede ser objeto de abuso si los mecanismos que permiten verificar la identidad, la autenticidad de la información o la legitimidad de una acción no se adaptan suficientemente al riesgo.
Por lo tanto, la lucha contra el fraude no puede basarse únicamente en la detección de actividades sospechosas. También implica proteger todo el proceso y determinar con mayor precisión quién se encuentra detrás de una interacción digital.
En este contexto, la identidad se convierte en un elemento central: poder verificar con suficiente certeza que una persona es realmente quien dice ser constituye una de las principales herramientas para limitar al máximo el fraude.
La identidad se convierte en un eslabón esencial de la lucha contra el fraude
Ahora que las interacciones se realizan cada vez más a distancia, establecer la identidad de una persona o una organización se convierte, por tanto, en un reto fundamental. El fraude puede comenzar en cuanto un actor consigue hacerse pasar por un usuario legítimo.
La verificación de identidad y la autenticación se perfilan, por tanto, como una primera línea de defensa estratégica. Sin embargo, su función no se limita a controlar el acceso a un servicio: también contribuyen a proteger las distintas acciones realizadas a lo largo de un recorrido, especialmente cuando presentan un alto nivel de riesgo.
La trazabilidad completa este enfoque al permitir conservar los elementos necesarios para rastrear una interacción y establecer pruebas de las acciones realizadas. El reto consiste, por tanto, en crear una continuidad de confianza a lo largo de todo el recorrido, desde la identificación inicial hasta la validación de una operación.
Sin embargo, reforzar los controles en cada etapa no siempre es la respuesta más adecuada. Los mecanismos de verificación demasiado restrictivos pueden ralentizar los recorridos y generar fricciones para los usuarios. A la larga, esto puede afectar a la facturación al aumentar el número de abandonos de los recorridos.
Proteger las transacciones digitales sin perjudicar la experiencia del usuario
Reforzar la seguridad de un proceso digital puede parecer sencillo: multiplicar los controles para reducir las posibilidades de fraude. Pero cada paso adicional también puede crear fricciones, alargar el proceso o llevar a algunos usuarios a abandonarlo.
Por el contrario, buscar una experiencia cada vez más fluida reduciendo las verificaciones puede debilitar la seguridad y aumentar los riesgos. Por lo tanto, el reto no consiste tanto en elegir entre seguridad y simplicidad como en determinar el nivel de control adecuado al nivel de riesgo de cada proceso.
No todas las acciones entrañan el mismo riesgo. Una solicitud de crédito, la apertura de una cuenta, el alquiler de un vehículo… Cada transacción conlleva requisitos y restricciones normativas diferentes. Así, los mecanismos de verificación pueden adaptarse en función del contexto, de la sensibilidad de la operación o de las señales de riesgo identificadas.
Este enfoque permite reforzar los controles cuando son realmente necesarios, sin imponer sistemáticamente el mismo nivel de restricción a todos los usuarios y en todos los procesos.
Lograr este equilibrio es esencial para crear procesos que sean a la vez seguros y fluidos. Sobre todo porque la evolución de las tecnologías, y en particular de la inteligencia artificial, mejora ahora tanto los métodos utilizados por los estafadores como los medios disponibles para detectar los intentos de fraude.
IA y fraude: una nueva carrera entre el ataque y la defensa
La inteligencia artificial está cambiando el equilibrio de fuerzas entre los estafadores y las empresas. Al facilitar la creación de contenidos creíbles y la personalización de ciertos ataques, puede hacer que los intentos de fraude resulten más difíciles de identificar para los usuarios.
Esta evolución afecta especialmente a las técnicas basadas en la suplantación de identidad y la ingeniería social. Se pueden generar o manipular mensajes, documentos, imágenes o voces para imitar con mayor eficacia a una persona u organización y reforzar la credibilidad de un intento de fraude.
Pero la IA también puede convertirse en una herramienta de defensa. El análisis de comportamientos, la detección de anomalías o la identificación de señales inusuales pueden ayudar a las empresas a detectar más rápidamente determinadas actividades sospechosas y a adaptar sus controles al nivel de riesgo.
Se perfila así una nueva dinámica: a medida que las técnicas de fraude ganan en sofisticación, los mecanismos de protección también deben evolucionar. Por lo tanto, la respuesta no puede basarse en una única tecnología o control, sino en la capacidad de combinar varios mecanismos de prevención y detección.
De la reacción a la prevención: crear recorridos más seguros
Ante la evolución de las técnicas de fraude, ya no basta con intervenir únicamente cuando se detecta un intento. La protección debe planificarse con antelación, desde el momento del diseño de los recorridos digitales, con el fin de reducir las posibilidades de abuso en cada etapa.
Este enfoque implica identificar los momentos más sensibles de un recorrido y asociarles mecanismos de protección adecuados. La verificación de identidad, la autenticación, el análisis de señales de riesgo, la seguridad de las transacciones o la trazabilidad pueden intervenir así en diferentes niveles según la naturaleza de la transacción digital.
El objetivo es construir una defensa adaptativa y progresiva. Prevenir cuando sea posible, detectar comportamientos sospechosos con la suficiente antelación y disponer de los elementos necesarios para reaccionar cuando se produzca un intento de fraude.
Esta lógica permite, además, ir más allá de un enfoque uniforme de la seguridad. En lugar de aplicar sistemáticamente los mismos controles, las empresas pueden reforzar su vigilancia allí donde el riesgo es mayor y adaptar sus medidas a la evolución de las amenazas.
La lucha contra el fraude se convierte así en un componente integrado de los procesos digitales. Una evolución esencial para proteger las transacciones y la empresa, pero también para preservar la confianza de los clientes y socios.
La lucha contra el fraude, una condición para la confianza digital
El fraude digital no solo representa un riesgo financiero u operativo. También puede debilitar la confianza que las partes interesadas, como los clientes, los empleados, los socios o, en términos más generales, el mercado y las autoridades reguladoras; depositan en una empresa.
A medida que estas transacciones digitales ocupan un lugar cada vez más importante en nuestra vida cotidiana, su fiabilidad se vuelve esencial.
Ser capaz de verificar una identidad, garantizar la seguridad de una transacción, detectar un intento de fraude o disponer de un expediente de pruebas contribuye a crear un entorno en el que los usuarios puedan interactuar con mayor confianza.
El reto para las empresas consiste ahora en adaptar los recorridos y procesos al mismo ritmo que las amenazas, al tiempo que se mantienen interacciones lo suficientemente sencillas y fluidas para los usuarios.
Reforzar la confianza digital supone limitar los riesgos de fraude y preservar la calidad de la experiencia de usuario, los dos a la vez.
Para descubrir cómo perciben los líderes empresariales europeos la evolución del fraude, las principales amenazas a las que se enfrentan y las medidas implantadas en Francia, Alemania, Italia y España, así como sus ambiciones a largo plazo, consulta nuestro barómetro de la confianza digital.




