EUDI Wallet: ¿hacia una nueva base común de confianza digital?

En el Barómetro Europeo de la Confianza Digital 2026 de Namirial, 700 responsables europeos señalan cuál será el futuro digital de Europa.

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La identidad digital va a cobrar cada vez más importancia en las interacciones entre empresas, ciudadanos y servicios en línea en los próximos años. Sin embargo, para que realmente pueda simplificar los usos, es necesario poder contar con mecanismos reconocidos, interoperables y lo suficientemente fiables como para funcionar más allá de un servicio o un mercado nacional.

En esta lógica se inscribe el monedero europeo de identidad digital (EUDI Wallet). El objetivo no se limita a ofrecer un nuevo medio para identificarse en línea: abre el camino a nuevos usos que permiten a los usuarios gestionar y compartir información o justificantes en un marco común y, de este modo, realizar transacciones digitales de forma segura, fluida y trazable.

Para las empresas, esta evolución plantea nuevos retos. ¿Cómo integrar estos medios de identificación en los procesos existentes? ¿Qué usos podrán desarrollarse en torno al intercambio de atributos y documentos acreditativos? Y, sobre todo, ¿cómo garantizar que estas interacciones sigan siendo sencillas, seguras y sean reconocidas en toda Europa?

Más allá del propio monedero se perfila una evolución más amplia: la de una base común capaz de facilitar interacciones digitales de confianza entre usuarios, empresas y servicios a escala europea. Esta es una de las conclusiones del Barómetro Europeo de la Confianza Digital 2026 elaborado por Namirial en colaboración con el gabinete de estudios Xerfi, en el que se ha entrevistado a más de 700 responsables de la toma de decisiones en Francia, Italia, España y Alemania.

Un mismo modelo de confianza para toda Europa

Aunque las empresas europeas no siempre avanzan al mismo ritmo en su transformación digital, sus expectativas tienden a converger a la hora de generar confianza digital. Más allá de las diferencias de madurez y de prioridades nacionales, va surgiendo progresivamente la necesidad de apoyarse en mecanismos comunes.

Los resultados del Barómetro ilustran esta convergencia. El RGPD sigue siendo la normativa más determinante en los cuatro países, citada por el 89 % de los responsables de la toma de decisiones en Francia, el 87 % en Alemania, el 84 % en Italia y el 70 % en España. El origen europeo de las soluciones también constituye un criterio de elección importante en todos los mercados: el 67 % en Italia, el 61 % en Francia, el 59 % en Alemania y el 58 % en España.

La soberanía y la protección de datos también aparecen como ventajas clave de las soluciones europeas en los cuatro países. Así pues, se perfilan puntos de referencia comunes en torno al cumplimiento normativo, el control de los datos y el origen de las soluciones.

Esta convergencia responde a una realidad sencilla: las interacciones digitales traspasan cada vez más las fronteras de una empresa, un sector o un país. Una identidad verificada, un justificante o una información digital deben poder utilizarse en diferentes contextos sin necesidad de volver a generar confianza en cada nueva transacción.

Esta lógica común no significa que todos los mercados adopten los mismos usos o avancen al mismo ritmo. Más bien sienta las bases sobre las que podrán desarrollarse servicios digitales capaces de funcionar conjuntamente a escala europea.

El monedero europeo se inscribe precisamente en esta evolución. Pero para comprender qué puede cambiar realmente, hay que analizar primero por qué las interacciones digitales necesitan hoy en día una base común.

¿Por qué las interacciones digitales necesitan una base común?

Hoy en día, una misma persona puede verse obligada a demostrar su identidad, autenticarse o presentar documentos acreditativos en varias ocasiones ante una misma empresa o varias veces al día, dependiendo de los servicios que utilice. Cada organización cuenta con sus propios procesos, sus propios requisitos y sus propios mecanismos de verificación.

Esta fragmentación puede complicar el uso, pero también plantea una cuestión de confianza, de practicidad y de reducción de las fricciones. Cuando una información ya ha sido verificada en un marco fiable, ¿debe someterse necesariamente a un nuevo control en cada interacción?

Para las empresas, el interés no radica, por tanto, únicamente en la simplificación de la identificación. Un entorno de este tipo también puede contribuir a agilizar los procesos, limitar ciertas verificaciones repetitivas y, además, facilitar y hacer más fiables las transacciones y las interacciones entre la empresa y los ciudadanos.

Es en esta lógica donde el «wallet» europeo cobra todo su sentido: proporciona al usuario un medio para disponer de su identidad digital y de diferentes atributos con el fin de utilizarlos, cuando sea necesario, ante servicios que puedan reconocerlos. Al mismo tiempo, mantiene el control y dispone de la trazabilidad de los datos transmitidos. Además, esto permite garantizar la fiabilidad de los datos transmitidos, una ventaja nada desdeñable.

El «wallet», una nueva forma de gestionar la identidad digital

El «wallet» europeo supone un avance importante en la forma de concebir la identidad digital. En lugar de multiplicar los identificadores y los trámites de verificación en función de los servicios utilizados, el usuario dispone de un entorno que le permite presentar su identidad o determinada información cuando sea necesario.

El interés radica, sobre todo, en el control que se otorga al usuario. Según el contexto, no se trata necesariamente de transmitir toda la información asociada a su identidad, sino únicamente aquella que sea necesaria para acceder a un servicio o realizar un trámite.

Esta lógica puede transformar determinados procesos digitales. Así, una empresa podría basarse en información o justificantes digitales procedentes de fuentes reconocidas, en lugar de pedir sistemáticamente al usuario que facilite nuevos documentos que deberá comprobar o que repita determinados pasos de verificación.

Por lo tanto, el «wallet» no es simplemente un nuevo medio de identificación. Puede convertirse en un punto de acceso a diferentes elementos utilizables durante una interacción digital, con el objetivo de simplificar su presentación y hacer que su verificación sea más fiable.

De la identidad a los atributos: hacia nuevos usos

Uno de los principales cambios que aporta el monedero digital es la posibilidad de ir más allá de la simple identificación. En muchas situaciones, un servicio no necesita conocer la identidad completa de una persona: lo que necesita es poder verificar un dato concreto.

Puede tratarse, por ejemplo, de confirmar una edad, una cualificación, un título, una autorización, etc. El usuario puede entonces presentar el justificante o el dato necesario para su proceso, sin tener que facilitar sistemáticamente más información de la requerida.

Para las empresas, esta evolución puede modificar la forma de diseñar determinados procesos. En lugar de solicitar un documento, extraer la información del mismo y luego verificarla, pueden ir recurriendo progresivamente a datos o justificantes digitales cuyo origen y autenticidad estén verificados.

Esta lógica allana el camino para interacciones más directas entre quien emite una información, quien la posee y la organización que debe verificarla. De este modo, puede simplificar ciertos intercambios mientras refuerza el control de la información compartida y la seguridad de las transacciones digitales.

Pero para que estos nuevos usos puedan funcionar más allá de un servicio o de un país, es necesario que los distintos actores sean capaces de reconocer y utilizar los mismos mecanismos. Ahí es donde la interoperabilidad se convierte en un factor determinante.

La interoperabilidad en el centro del modelo europeo

Para que el monedero digital pueda simplificar realmente las transacciones digitales, su uso no puede limitarse a unos pocos servicios o entornos aislados. Su valor depende en gran medida de la capacidad de los distintos actores para reconocer y utilizar la información que en él se presenta.

La interoperabilidad permite precisamente crear esa continuidad. Una identidad, un atributo o un documento digital deben poder utilizarse en distintos servicios, incluso cuando el usuario y la organización se encuentren en países europeos diferentes.

Para las empresas, lo que está en juego es importante. La integración del monedero digital no consiste únicamente en añadir un nuevo medio de identificación a un proceso ya existente. También supone poder recibir, verificar y aprovechar la información procedente de un ecosistema más amplio, de acuerdo con normas y estándares comunes.

Sin embargo, los resultados del Barómetro muestran que la interoperabilidad sigue ocupando un lugar secundario entre los pilares operativos de la confianza digital. La mencionan el 26 % de los responsables de la toma de decisiones en Francia, el 25 % en Alemania y el 33 % en España, y ocupa el último lugar entre los tres pilares de la confianza en tres de los cuatro países estudiados.

Esta lógica puede contribuir a reducir la fragmentación de los recorridos digitales en Europa. En lugar de reconstruir mecanismos de confianza propios de cada servicio o de cada mercado, las organizaciones pueden apoyarse progresivamente en un marco común y seguro.

Adopción: la tecnología no bastará para generar confianza

La puesta a disposición de un monedero electrónico europeo no garantiza, por sí sola, su adopción. Y los resultados del Barómetro muestran que las empresas europeas aún no le conceden todas la misma importancia.

En Alemania y España, el 61 % de los responsables de la toma de decisiones encuestados considera que el monedero europeo desempeñará un papel importante en la lucha contra las amenazas cibernéticas. Esta proporción alcanza el 55 % en Italia, mientras que en Francia la opinión parece más dividida: el 49 % le atribuye un papel importante, frente al 51 % que prevé un papel limitado o nulo.

Para los ciudadanos, esta confianza pasa, sobre todo, por la capacidad de saber qué información se solicita, con qué fin y con quién se comparte. El control que se ejerce sobre los datos facilitados cobra entonces tanta importancia como la simplicidad y la rapidez de las transacciones.

Por parte de las empresas, surgen otras cuestiones: ¿cómo integrar estos nuevos mecanismos en los servicios existentes? ¿Cómo verificar la información recibida? ¿Y cómo mantener una experiencia lo suficientemente fluida al tiempo que se cumplen los requisitos de seguridad y cumplimiento normativo?

Por lo tanto, la adopción dependerá tanto de la calidad de los usos propuestos como de la infraestructura que los haga posibles. Un sistema técnicamente fiable pero difícil de entender o de integrar corre el riesgo de limitar los beneficios esperados.

El verdadero reto consistirá, por tanto, en convertir el monedero en una herramienta utilizada y reconocida en las interacciones cotidianas. Un paso indispensable para pasar de una infraestructura común a un auténtico ecosistema de confianza.

Del monedero a un auténtico ecosistema de confianza

El monedero no puede funcionar de forma aislada. Para que aporte un valor real a las transacciones digitales, debe integrarse en un entorno en el que puedan funcionar conjuntamente diferentes mecanismos de confianza.

La identidad digital, la autenticación, los atributos, los justificantes, la firma electrónica o, en términos más generales, los servicios de confianza responden a necesidades diferentes a lo largo de un proceso. Su articulación permite crear una continuidad entre la identificación de un usuario, la verificación de una información y la realización de una acción o una transacción digital.

Este enfoque cambia la forma de concebir la confianza digital. En lugar de reconstruir mecanismos de verificación en cada etapa, las empresas pueden basarse progresivamente en un conjunto de servicios e información reconocidos dentro de un marco común.

El monedero digital se convierte así en un componente de un ecosistema más amplio, en el que usuarios, empresas y proveedores de servicios pueden interactuar sobre la base de mecanismos compartidos e interoperables.

Por lo tanto, lo que está en juego va más allá de la implantación de una nueva herramienta de identidad digital. Se trata de crear las condiciones que permitan que los distintos servicios de confianza funcionen conjuntamente y faciliten nuevos usos a escala europea.

¿Hacia una nueva infraestructura de confianza digital en Europa?

Para las empresas, esta evolución podría modificar progresivamente el diseño de numerosos procesos. La identificación, el intercambio de datos y los justificantes, o la realización de transacciones, podrán basarse en mayor medida en mecanismos comunes, en lugar de en una sucesión de verificaciones y controles propios de cada servicio, proceso y transacción.

No obstante, el éxito de este modelo dependerá de su capacidad para conciliar varios requisitos: interoperabilidad, seguridad, control de los datos y facilidad de uso. Solo así un marco común podrá facilitar realmente las interacciones entre ciudadanos, empresas y servicios en toda Europa.

Así pues, el monedero digital no parece tanto un fin en sí mismo como uno de los componentes de una infraestructura de confianza más amplia. Las diferencias observadas en el Barómetro muestran que no todos los mercados europeos parten del mismo punto de partida en lo que respecta a su adopción. Pero las convergencias en torno a la seguridad, el cumplimiento normativo, la soberanía de los datos y el origen europeo de las soluciones ya perfilan una base común sobre la que estos nuevos usos podrán construirse progresivamente.


Para descubrir cómo ven las empresas de Francia, Alemania, Italia y España los pilares de la confianza digital y las capacidades que consideran prioritarias para los próximos años, consulta el Barómetro Europeo de la Confianza Digital 2026 de Namirial.

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